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Lorenzo Madrigal                                         

El padre Francisco de Roux (“Pachito”, como ya es generalizado decirle) es hombre por excelencia de bien, de alta jerarquía espiritual y religiosa, por poco mártir de la violencia, en varias ocasiones durante su misión en el Magdalena Medio, pero cuyas opiniones en el diario del Gobierno, muy respetables, lo dejan ver cercano a lo que ahora llaman “una de las partes en conflicto”.

La altisonante Comisión de la Verdad, conquista de la izquierda revolucionaria y política, dentro de las conversaciones de La Habana, ha quedado integrada por personas —al menos, las más influyentes— de marcado sesgo político y será presidida por este benemérito hombre, con las credenciales anotadas. Agréguese su carácter bondadoso, inalterable, de voz apenas audible, su razonamiento sensato y pausado, características que han convertido en imbatibles a cuantos filósofos han sido en la historia humana, no importa si de conclusiones discutibles, que los mismos filósofos no niegan.

Todo lo que se ha montado en el tejemaneje de la paz pretende disimular sin lograrlo la inspiración izquierdista, ostensible en aspectos demasiado obvios. Por decir algo, ¿qué llevó a que se escogiera como sede de conversaciones la ciudad de La Habana, donde impera una dictadura comunista, no cerradamente insular, sino de tentáculos internacionales hacia la América española y portuguesa? Historia reciente es la de un país como Colombia, a la defensiva de esta interferencia revolucionaria, al punto de haber sido secuestrado su canciller y rotas en varias oportunidades las relaciones diplomáticas. El propio líder emblemático de esa revolución hizo gala de haber participado en los horrendos sucesos del 9 de abril de 1948.

Y cuántas concesiones se hicieron a la izquierda política en los diálogos de la isla, que hasta la Constitución, antes celosamente guardada y por el presidente juramentada, fue entregada al arbitrio de los insurgentes, constituidos de repente en guerra de 50 años, y bendecido tan desigual acuerdo por quien estrechó las manos de la conciliación, el dictador Raúl Castro.

La comunidad internacional fue invitada a todos los eventos pacifistas, porque la paz sirvió como antifaz del engaño mundial. Uno de los garantes del diálogo, tan pronto la opinión nacional desaprobó los pactos —en bloque, como le fueron propuestos—, se apresuró a conseguir de su país, Noruega, el anhelado Nobel presidencial, carta ganadora, con la que se acabó de vender al mundo la imagen bondadosa de un proceso de inquietantes aristas.

Todo el mundo, hasta el Santo Padre, mal informado por su obsecuente diplomático en Colombia, adhirió sin reservas a un proceso que dentro del territorio dejó abrumados a cuantos han discrepado del mismo, por conocer de cerca sus implicaciones políticas, jurídicas e históricas.

El Espectador, Bogotá, 12 de noviembre de 2017

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