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Abelardo de la Espriella                                          

El miserable atentado terrorista en el Centro Comercial Andino, por una parte, es un simbolismo que pretende (por quienes lo ejecutaron) demostrarle al “bogocentrismo” que, pese a la tal paz que tanto pregonan Santos y sus “enmermelados” de ocasión, nadie está seguro de verdad, y, en consecuencia todo el mundo es susceptible de ser víctima de execrables crímenes.

El lugar no podía ser más representativo: un sitio en el corazón de Bogotá, concurrido por gentes de todos los niveles, pero especialmente por aquellos que pertenecen a esa oligarquía que la guerrilla históricamente tanto ha odiado. La moraleja es clara: colombianos, la tragedia puede abrazarlos en cualquier momento, no importa en dónde estén. El brazo largo del terrorismo llega a fronteras insospechadas. Por ende, hay que apoyar la falsa paz a cualquier precio.

A pesar de que el cobarde ataque terrorista emitió un mensaje de carácter general, por otra parte, la malhadada bomba llevaba implícito un mensaje directo, que solo entienden el remitente y el destinatario específico del mismo. Me explico: el ruido de esa explosión se escuchó con mayor énfasis en la Casa de Nariño. La misiva subrepticia estaba dirigida al presidente Santos, con la siguiente amenaza entre líneas: “‘Aconducte’” a las cortes, cúmplales a las Farc, contenga a la oposición, negocie como sea con el Eln y entregue la poca institucionalidad que queda; de lo contrario, haremos de Colombia un teatro de guerra.”

Lo medios “enmermelados” (que son la mayoría) y los defensores de oficio del proceso de paz (no es gratis tampoco), que vociferan a través de las redes sociales y hacen parte de un “mamertismo digital” disfrazado de academia, salieron a lapidar a quienes sí conocen de verdad los métodos diabólicos y las técnicas sangrientas e inveteradas de la subversión. A Salud Hernández la crucificaron por señalar como autores del atentado terrorista a los “elenos”. La connotada periodista de marras ha recorrido las selvas de la Patria estudiando la realidad del conflicto, y, al igual que ella, otros expertos “violentólogos” señalaron, sin vacilar, a quienes tienen la capacidad, la formación, el modus operandi y, por supuesto, la sevicia necesaria para ejecutar tamaña infamia. Todos esos dedos apuntaron al Eln.

Las autoridades, que han sido tan eficientes y solícitas en otros casos, en el que nos ocupa, deambulan por la nebulosa. Tienen tres líneas de investigación: una versa sobre el Eln; otra, sobre el ilustremente desconocido MPR (Movimiento Revolucionario Popular), y la última apunta al Clan del Golfo; es decir, dos de ellas vienen siendo lo mismo, porque el tal MRP no es otra cosa que un grupo urbano terrorista, camuflado en algunas universidades y cuyos entrenamientos para atacar con explosivos son hechos por el Eln. En cuanto al Clan del Golfo, no pasa de ser una cortina de humo para distraer a la opinión pública.

¡Qué estúpida ingenuidad la que pulula! Pensar que las Farc, después de 60 años cometiendo toda suerte de delitos, incluyendo aquellos de lesa humanidad, además de mentirle cínicamente al País por el mismo lapso, van a ser tan tontos de dejar las armas y van a abandonar las zonas en las que tenían presencia, para irse a hacer política sin una retaguardia armada, es francamente propio de imbéciles. Históricamente, el Estado colombiano ha sido “conejero”: nunca ha cumplido su palabra en ningún proceso de paz. La guerrilla colombiana podrá ser de todo, pero la tiene clara y es inteligente. Sabe también que los postulados “santistas” contemplan el perdón sin objeción para absolutamente todo.

La combinación de todas las formas de lucha blindará a la subversión hasta coronar el poder. Entonces será demasiado tarde para llorar.

El Heraldo, Barranquilla, 25 de junio de 2017

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