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Juan David Escobar Valencia

Demagogo es el que para ganarse el favor popular recurre a falsas ofertas difíciles de cumplir, pero fáciles de decir, apela a la mentira, oculta sus pecados pasados y agranda sus supuestas virtudes, promete hábilmente todo lo que el elector promedio quisiera recibir, haciéndolo creer que será el beneficiario directo, pero distribuye en otros, o en nadie, el costo. Y lo más peligroso de todo, es que sus melosas promesas suenan individual y colectivamente atractivas, pero las plantea de manera que el ilusionado e iluso votante no pueda ver que se contradicen y lo contraproducentes que son.

Petro cree lavar su pasado diciendo que él y el grupo terrorista al que perteneció no tuvieron vínculos con la URSS ni con las dictaduras cubana y venezolana. ¿Nos cree caídos del ego del otro candidato de la “impunipaz” que puntea en las encuestas? Dice que él ingresó a la guerrilla “por ser religioso”. Qué tal la incoherencia. ¿Será que el aspirante a presidente tiene la misma lógica de los terroristas del Estado Islámico? Sus mentiras amañadas e incoherencias recuerdan a su camarada, Hugo Chávez, cuando antes de llegar al poder juraba que era amigo de los empresarios y que no era socialista.

Finge ser respetuoso de la Rama Judicial, prometiendo más independencia para ella, pero ¿cómo creerle a quienes contratados por un narco atacaron el Palacio de Justicia y asesinaron los jueces? Y encima tiene el cinismo de decir que a él le creen los colombianos porque sus “acciones pasadas le dan más capacidades para resolver las problemáticas sociales”.

Miren ejemplos de promesas que separadamente son atractivas pero que se contradicen peligrosamente. Dice que el bachillerato técnico es una forma de discriminación y que mejor todos sean “doctores” y “gratis”. Suena muy “humano”. Que debemos abandonar la explotación de petróleo, disfrazándose de ambientalista, y dedicarnos a la agroindustria, la industria metalmecánica y al sobrevalorado sector turístico. Suena bonito. Pero oculta que los sectores que supuestamente desea privilegiar no son intensivos en “doctores” sino en los tecnólogos que él quiere acabar.

Dice el socialista de zapatos Ferragamo que para hacer crecer la economía hay que dedicarse al “mercado interno” y que el problema agrícola se resuelve repartiendo tierra, subiendo tanto el catastro a los poseedores “excesivos” de tierra improductiva que no les quede otro camino que vendérsela al Estado, quien la comprará con plata de no sabemos dónde, porque ya no habrá regalías petroleras, o con bonos del Estado quebrado. Esa nueva tierra será repartida a pequeños agricultores. Suena muy “humano”. Lo que no dice es que su “brillante idea” no solo reducirá el precio de la tierra improductiva sino también de la productiva, como tampoco que la sobreoferta de alimentos en una economía enfocada al “mercado interno” ocasionará una caída de los precios provocando una pauperización del sector agrícola. ¿Qué genio, no?

¡Pero qué importa! Todos serán pobres, pero “doctores”, y él tendrá el poder, como en Cuba.

El Colombiano, Medellín, 12 de febrero de 2018.

Publicado en Columnistas Nacionales

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