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Libardo Botero C.            

El 11 de diciembre pasado, en la histórica ciudad de Rionegro (Ant.), el Centro Democrático dio un paso trascendental: la proclamación oficial de la candidatura presidencial de Iván Duque.

Apenas hacía unas horas se habían inscrito las listas al Congreso y había concluido el proceso de selección del candidato, luego de una maratón de foros temáticos a lo largo y ancho del país, y de una rigurosa escogencia a través del mecanismo de una encuesta. La presencia de todos los demás precandidatos y el expresidente Álvaro Uribe, quienes presidieron el acto, le comunicó al país que el partido se dirigía unido a enfrentar los comicios electorales del 2018.

Aquella misma noche Uribe pronunció un breve pero denso discurso para presentar al novel candidato, procurando no robarle protagonismo, pero sentando unos derroteros diáfanos a la colectividad para la difícil coyuntura que ha de atravesar. “Un proceso democrático, inédito, sin interferencias, le entrega la bandera a Iván Duque, quien en sus 41 años se convierte en el representante del sueño de millones de jóvenes de la Patria. Con su bello hogar, su talento, su formación intelectual, su transparencia, sabrá interpretar los fundamentos que nos guían y ganar la adhesión convencida y el afecto del corazón de los colombianos”, expresó Uribe al sintetizar la decisión política del partido.

Una de las advertencias de Uribe aquel día, que causó más impacto, fue la referida al proceso de designación del candidato –“inédito”, pero transparente, “sin interferencias”, como lo calificó- que, como también hace cuatro años, pudo dejar heridas abiertas, resquemores, insatisfacciones.  “Requerimos firmeza en el debate de las ideas, estudio y argumentos, resolución y coraje en la defensa de los principios democráticos y diálogo muy delicado para sortear las diferencias al interior de la colectividad. Si hubo prevenciones e intemperancias que queden atrás. La contradicción al interior necesita paciencia, paciencia, paciencia. Muchas veces la inteligencia traiciona porque produce reacciones muy rápidas y dañinas. Y el abuso en el sentido del humor es peor en sus consecuencias. Por favor, ʻmientras el hacha va y viene el brazo descansaʼ”, dijo.

“Paciencia, paciencia, paciencia”. Mes y medio más tarde, cuando ha corrido tanta agua bajo el puente, podemos decir que la sagacidad y certera conducción del partido por parte del expresidente Uribe, la solvencia programática del partido, la mesura del candidato Duque, han logrado sacar airosa la estrategia dirigida a obtener la victoria en las elecciones al parlamento y a la presidencia este año. Ha sido el triunfo de la paciencia.

La existencia de discrepancias al interior del CD, de discusiones, de vertientes, no es un síntoma de decadencia, de debilidad o de ausencia de norte y liderazgo. Por el contrario, revelan la existencia de una vigorosa organización, plena de vitalidad, en pleno desarrollo, moderna, abierta, tolerante, diversa, alejada de unanimismos y sectarismos trasnochados, propios de las capillas fundamentalistas de signos extremos.

Algunos pocos, que no se sentían atraídos por Iván Duque, empezaron a divulgar pronósticos pesimistas y a criticar la estrategia definida. En lugar de secundar con entusiasmo al candidato vencedor, como corresponde en todo partido serio y disciplinado, dejando atrás “prevenciones e intemperancias”, se lanzaron a expresar su inclinación por candidatos de fuera del partido, o a escabullir el respaldo al propio encubriéndose con la insistencia en la necesidad de una alianza con otras fuerzas coincidentes, para derrotar la corriente farc-santista en cualquiera de sus variantes.  

Tan acuciantes llamados a buscar un candidato único de la coalición que había sido pactada hacía casi un año por los expresidentes Uribe y Pastrana, cuando apenas el CD estaba dando a conocer a la opinión el suyo, dejaban un mal sabor. Así se esgrimieran argumentos como el patriotismo, la necesidad de poner por encima de egos y aspiraciones personales el interés colectivo, y otras de ese tenor, no conseguían desvanecer la impresión de que se buscaba moverle el piso a Iván Duque. Y motivaban en cualquier ciudadano perspicaz la pregunta de por qué esos requerimientos y exigencias no se le hacían con igual razón a los otros dos candidatos de la coalición, Marta Lucía Ramírez y Alejandro Ordóñez. Si de aspiraciones personales hablamos, aunque respetables, pero sin origen partidario y democrático, ahí están esas.   

El CD tiene el deber, además, de defender su candidato, promoverlo intensamente por todo el país, y buscar por esos medios, que salga triunfante en la competición con los otros dos aspirantes de la coalición. Eso es elemental y no atenta contra la unidad ni la cooperación con las demás fuerzas llamadas a concertar la gran alianza. Por el contrario, la fortalece y solidifica. Un CD vigoroso es la pieza fundamental del bloque republicano. No solo por las credenciales del partido, en cuanto a haber sido en estos años pasados la más disciplinada y vertical fuerza de oposición a Santos, con el hecho de contar con el líder de mayor influencia en el país, sino porque se proyecta como el partido de la más numerosa bancada parlamentaria a partir de marzo. ¿Cómo no aspirar a que el partido que ha de liderar el Congreso sea el partido que encabece el ejecutivo? ¿No tendrá el país un gobierno más estable y sólido, para la tarea trascendental de la reconstrucción, si el presidente es del mismo partido mayoritario? Amén de las cualidades y capacidades de Iván Duque que, sin demeritar a sus émulos de la coalición, sobresalen por su dominio de los más variados temas de la agenda nacional. De lo contrario, podríamos tener una administración débil, casi que retratada con esta dicotomía: una bancada sin presidente y un presidente sin bancada.

Los hechos, además, han demostrado que buscar el fortalecimiento del partido y su candidato no atentan contra la construcción de la coalición. Han quedado “hechas trizas” las aseveraciones infundadas de que Uribe y el CD, dizque llevados de la ternilla por una fantasmagórica “troika” de “izquierda”, buscaban maliciosamente imponerse, sin propiciar la creación de un poderoso frente, sino precipitándolo a su disolución. Tales elucubraciones no solo desconocían que fue Uribe su gestor básico con el expresidente Pastrana, desde comienzos del año pasado, sino que ocultaban que el mismo 11 de diciembre, en Rionegro, Uribe fue enfático en afirmar: “Tenemos por recorrer el trecho de la coalición, con los doctores Marta Lucía Ramírez, Alejandro Ordoñez, con las víctimas del terrorismo, con los católicos, con los cristianos, con los independientes, con bases de otros partidos sobre identificaciones fundamentales.”

Algunos, inclusive, en el colmo del despiste, llegaron a afirmar que el CD, Uribe, Duque y la supuesta “troika”, se oponían al éxito de la convergencia atravesándosele a Alejandro Ordóñez. Por esas ironías de la vida, resultó que era al contrario –hecho que los autores de la calumnia debieron haber reconocido, en un acto de decencia, pero no han hecho- , que el escollo se ubicaba al lado de Pastrana y Marta Lucía y no al del CD, y que estos reclamaban además algo insólito: que Uribe no acompañara a su candidato en las correrías, y que no se indujera a los seguidores del partido a votar por Duque. Finalmente la firmeza del CD en auspiciar la presencia de Ordóñez, con Iván Duque y Uribe a la cabeza, y el rechazo a los condicionantes insólitos, fue definitiva para que los recelos del ala pastranista del conservatismo se disiparan y se acordara una consulta el 11 de marzo con la participación de los tres candidatos.

Tampoco prosperó la intención de ciertos opinadores de desdibujar el carácter de centro del partido, endilgándole el mote de derechista, más que por el sano propósito de esclarecer su derrotero ideológico y programático –en la eventualidad de que fuera ambiguo u oscuro, que no lo es-, con el de utilizar ese expediente para descalificar a Iván Duque, a quien previamente y de manera falaz  y arbitraria se había calificado de “izquierdista”. De nuevo salieron a relucir delirantes razones, como la de una nueva conspiración de la tal clique “izquierdista” para gestar hasta del mismo nombre del partido, que señala su inconfundible naturaleza. No sabemos si semejante afirmación es producto de la ignorancia o la maledicencia, porque fue exactamente Uribe quién postuló la denominación, nadie más, hablando inclusive del “puro centro democrático” y no simplemente del centro a secas. Esquivan los críticos que, además, y a lo largo de todos estos años, el mismo Uribe ha sido reiterativo en desestimar esa dicotomía de izquierda-derecha como anacrónica.  

Cada día tienen menos audiencia las prédicas pesimistas y arrevesadas de quienes quieren atravesársele al éxito del CD y su candidato, como pilares fundamentales de la coalición. Ahora pretenden que el CD y Uribe no aspiren a que su candidato sea el de la alianza, sino que deje a sus militantes y simpatizantes en libertad de escoger entre el trío. Un absurdo completo. Como es sabido, para el caso de las campañas de los congresistas, valga el ejemplo, es una opción ilegal respaldar o aliarse con candidatos al parlamento de otras colectividades, o sumarse a la campaña de otro candidato presidencial, pues constituye lo que nuestras normas catalogan como “doble militancia”. Pretendiendo ampararse en el derecho de cada quien a votar por quien quiera, los propulsores de esta idea desconocen que los partidos tienen una estructura y unas reglas que los militantes que se afilian se comprometen a cumplir, y que los obligan a acatar las decisiones de la organización. De lo contrario, si definida una candidatura a la presidencia o unas listas a los cuerpos colegiados, los militantes todos quedaran en libertad de optar por otras alternativas, los partidos desaparecerían.

Lo que se esconde tras estas estratagemas es otra cosa: el deseo persistente de horadar la candidatura de Duque, y a la vez favorecer la de otro de sus competidores en la consulta. Eso es legítimo para cualquier ciudadano no comprometido con el CD –y en ese sentido tales personas debieran confesar si se encuentran en esa situación y no jugar doble-, pero no se puede predicar de quienes están vinculados al partido.  Claro que cada persona tiene la libertad de decidir por quién vota, pero el partido está en el derecho y obligación de promocionar a su candidato y pedirle a sus militantes y seguidores que lo respalden. Para eso lo seleccionó, y no para decir al otro día que se deja en libertad de votar por el que se quiera. Así desaparecerían los partidos en un santiamén. Hablando en plata blanca, la propuesta del día es la pretensión ilusa de que alguno de los otros candidatos se nutra de votos del uribismo para tratar de triunfar con ellos, impidiendo que el partido uribista pida votar por el candidato uribista. ¡Vaya astucia!

De nuevo, haciendo gala de paciencia, el CD y Uribe no caerán en semejante treta. Aquí, más bien, lo que necesitamos es que todos, tirios y troyanos, nos comprometamos a lo siguiente: que acataremos la decisión de las urnas y respaldemos al que sea elegido en una limpia lid democrática, sin condiciones, ni esguinces, ni salvedades. Que no siga haciendo carrera la actitud sistemática de ciertos círculos, absolutamente antidemocrática, de que solo se acatan y les sirven los resultados si gana el de sus afectos. La inmensa mayoría de los miembros y simpatizantes del CD respaldamos a Duque y ambicionamos su triunfo, pero de igual manera respaldaríamos con entusiasmo la candidatura de Ramírez u Ordóñez, si alguno de ellos saliera victorioso. Lo que ciertos espadachines de papel debieran contestar, para ser leales con el resto de votantes de la alianza, y con la democracia misma, es si acompañarían con el mismo entusiasmo a Iván Duque, de resultar vencedor. Y punto.

Pues bien, superadas con tino y mesura las contrariedades que la vida política ha traído aparejadas en estos meses, y previsiblemente las que se avecinan, podemos decir que el panorama está despejado: habrá consulta el 11 de marzo para escoger el candidato de la gran alianza para la reconstrucción de Colombia, entre Iván Duque, Marta Lucía Ramírez y Alejandro Ordóñez. El 12 de marzo Colombia tendrá candidato único de la gran alianza para la reconstrucción de Colombia e iniciará la carrera indetenible para vencer en mayo y enderezar el rumbo del país.

Publicado en Columnistas Nacionales

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