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Eduardo Mackenzie                                              

Nuevo acto de hipnosis social de las Farc sobre los colombianos. Incapaces de abandonar su detestable y detestado nombre, las Farc han decidido seguir llamándose Farc, pero dándole un contenido diferente a cada palabra de esa sigla. Inventada por Gilberto Vieira en 1964, ésta fue completada después en un congreso clandestino,  con las letras Ap.

Las “Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - Ejército del Pueblo”, se llamarán ahora “Frente Amplio de Reconciliación de Colombia - Esperanza del Pueblo” (1). Qué maravilla. Qué conversión.

Pero la sigla Farc no ha sido abandonada. Y no puede serlo  pues ella es un programa en sí. Un programa que significa sangre, secuestros, pillaje y depredaciones para millones de colombianos durante cinco décadas de pretendida lucha “por el socialismo”. Y eso no puede ser borrado de la noche a la mañana.

Ese acto de permutación de términos es interesante. Donde ellos habían puesto el concepto de “revolución” ahora deslizan el de “reconciliación”.  ¿Con ello las Farc tratar de decirnos que, por fin, comprendieron que “revolución” es un concepto y una situación perversa, y que la “reconciliación” es ahora el campo del bien?

Hasta ayer, las Farc decían que ellos, las gentes de Tirofijo y Mono Jojoy, eran los buenos y que el país y el Estado eran los malos y debían ser combatidos por todos los medios. Que era justo cambiar a bala “las estructuras” del país, así como la mentalidad, los sentimientos y el espíritu de las mayorías. ¿Qué queda de ese programa?

Queda entero pero envuelto en una serie de palabras de connotación positiva destinadas a  hundir en un sueño profundo a una parte de la ciudadanía. Llama la atención que la palabra “paz” está ausente en el nombre del nuevo “partido”.  

“La paz es el comunismo” proclamaba la propaganda del Kremlin en vísperas de la Guerra Fría.  ¿Finalizada la segunda guerra mundial, cómo haría Stalin para continuar su agresión contra Europa del Este? Lo que se ingeniaron sus asesores fue brillante: el “movimiento de la paz”. Como no había peligro de guerra, Moscú inventó, en 1949, un nuevo peligro de guerra. Dijo que los Estados Unidos, única potencia atómica,  preparaba la guerra contra la URSS, y que para frenar eso el arma sería el “movimiento de la paz”: una movilización general “para luchar contra el imperialismo americano”, lucha que pondría a trotar en las calles de las grandes capitales del mundo no sólo a los comunistas sino a los socialistas, a los intelectuales, a los católicos y hasta a los crédulos burgueses de todos los países. Como la URSS no disponía de la bomba atómica, el movimiento de la paz fue, entonces, “la bomba atómica de la URSS”, su nueva arma de destrucción masiva. La paz se transformó en un culto, en fanatismo, en  una abdicación del espíritu crítico de millones de personas. Y los resultados fueron desastrosos: la opresión totalitaria de los pueblos de Europa central duró hasta 1990.

Los más viejos cuadros de las Farc conocen bien esa historia. Con la ayuda de JM Santos ellos lograron armar su bomba atómica de la paz contra la democracia. Y todos hemos visto cómo esa arma de destrucción masiva está siendo instalada lo más plácidamente en todo el territorio nacional. Pues la paz sin justicia es (eso dice Santos) el “valor supremo”. De esa manera, Colombia marcha en el sentido contrario de la agujas de la Historia.

El mayor absurdo del nuevo nombre de las Farc es la palabra “Reconciliación”.  ¿Cómo pueden utilizar esa palabra cuando rehúsan entregar la totalidad de sus armas y de su botín de guerra, cuando sus víctimas no van a ser reparadas, cuando el narcotráfico sigue siendo  su factor de financiación principal? Eso no es todo. El punto más doloroso para los colombianos es la actitud de las Farc ante los niños que reclutaron a la fuerza, muchos de los cuales siguen siendo usados como escudos humanos en combates, y como esclavos sexuales de los cabecillas del movimiento narco terrorista. A Santos le prometieron dejar en libertad a un puñado de niños.

En febrero pasado, inventaron un programa escandalosamente cínico: “Camino diferencial de vida”. Este consistió en pasar 57 niños de unos cambuches guerrilleros, o de unas “zonas de normalización”,  a una estructura bajo control de las Farc, en lugares desconocidos, donde esos menores siguen siendo adiestrados por sus captores. Hoy la prensa se olvidó de esos niños. Con ese programa las Farc anulan los esfuerzos de la sociedad para poner en libertad a los 2 000 niños-guerrilleros y a los niños secuestrados.  Alias Iván Márquez enfurece cada vez que le exigen que libere a esos menores.

“¿Dónde están los niños?” gritaron decenas de manifestantes hace dos días a la entrada del Concejo de Bogotá a los bonzos de las Farc que habían sido invitados a vociferar allí sus consignas.  “Antes de hacer política reparen a las víctimas”, agregaron. Ese es el camino: ante cada acto público de las Farc hay que recordarles sus crímenes y decirles que su farsa de la “reconciliación” ya no engaña a nadie.

(1).- Caracol Radio, Bogotá

http://caracol.com.co/programa/2017/07/27/6am_hoy_por_hoy/1501160016_991561.html

París, 29 de julio de 2017

Publicado en Columnistas Nacionales

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