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Jaime Jaramillo Panesso                                      

Durante los últimos días se ha derramado por los medios de comunicación, una intensa lluvia de agua bendita encaminada a ablandar a la  ciudadanía colombiana, que por razones obvias ha tenido una opinión negativa y de rechazo a las Farc (y a la guerrilla católica-marxista del Eln), con reportajes, entrevistas, crónicas, exposiciones “artísticas” en galerías, etc. Esta campaña está orientada a cambiar la mala imagen ganada durante 53 años de crímenes, por otra de simpatía para estos esforzados y patrióticos individuos.

¿Quiénes desde las salas de redacción o desde las mesas de edición de la radio y la tv ordenan poner el foco en esas sentimentales muestras de bondad? Sin duda que se trata de la “libertad de información”, pero también de aprovechar los simpatizantes ocultos de la guerrilla para cumplir el papel de aplacadores. Son hechos mediáticos encausados a enterrar en el olvido la acción  criminal, los delitos de lesa humanidad. Y mutarla por una del buen salvaje, del altruismo de las bombas, los fusiles y los degollamientos realizados por sus manos.

El comienzo fue evidente. En el acto de Mesetas, Timochenko puso, en las manos de Santos, un bebé vestido de rojo como un recién nacido en el seno de la paz fariana, hijo de guerrillera parida bajo la suspensión de la guerra. Entonces se agudizó el ojo de la cámara sobre los  campamentos donde pululaban los nuevos hijos de la paz y guerrilleras encantadoras, padres solícitos en plan de entregar el fusil. El periodista logra convertir el campamento de la violencia marxista en una expedición de boy scout.

Este procedimiento masivo de procesar el olvido y montar un operativo, a gran escala, para que la población de víctimas y no víctimas vea en los exguerrilleros una buena muchachada, sin que todavía hayan dado muestras de arrepentimiento, de humildad frente al Estado, sin determinación  de vivir del trabajo y no del crimen, es un operativo perverso que pretende igualar al delincuente con el ciudadano sin prontuario. Que no se rechace su integración a la vida democrática, pues es necesaria para el país, pero que no se altere con visiones subjetivas y sentimentales el proceso de sumisión y adaptación. 

Ese es el peligro de la finalidad de la visita del papa Bergoglio a Colombia. Que antecedido de una campaña de ablandamiento del cristiano, fácilmente convierta vinagre en vino. Para nadie es un misterio que el papa Francisco es un personaje con ideas populistas de izquierda y que llega en momentos en que la izquierda colombiana, representada por las Farc desmovilizadas y transformadas en un partido, gracias al método de metamorfosis santista (dinero del estado, lavado de activos, JEP para absolver sus delitos, intervención de Cuba en el proceso, etc.) se presenta en sociedad con camisetas con frases estampadas en inglés, como hemos visto a Timochenko.

Quizás el cambio de la mesa directiva de la Conferencia Episcopal logre amainar las presiones de los  conversos y del gobierno para que el Papa aplique lo evangélico y no sus hondas tendencias políticas.

Publicado en Columnistas Nacionales

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