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Eduardo Mackenzie                                         

La violenta explosión en el centro comercial Andino de Bogotá, el 17 de junio pasado,  que segó la vida de dos jóvenes colombianas y una francesa, fue un atentado terrorista cuyos autores aún no han sido capturados. Esa atrocidad monopolizó la atención de la opinión pública en un momento clave: cuando las Farc tenían las mayores dificultades para acreditar su versión de que ya habían entregado la mayor parte de sus armas a la ONU, y cuando el ex presidente Álvaro Uribe realizaba una exitosa gira por España  para explicar la relación que existe entre los llamados “acuerdos  de paz” entre el presidente JM Santos y las Farc y el actual caos político, institucional y económico de Colombia.

Como entre las víctimas fatales del atentado hay una estudiante francesa, Julie Huynh, de 23 años, que durante su corta visita al país había decidido dar clases gratuitas en un barrio pobre de Bogotá, la prensa informó que tres servicios de inteligencia franceses colaboran con la policía colombiana en el esclarecimiento de ese horrendo crimen.

Empero, dos días después, antes de que la investigación oficial revelara los primeros detalles del atentado, una página web, PanamPost, lanzó un artículo  en el que afirma, sin razón alguna, que  hay la “posibilidad” de que Julie Huynh haya “participado en el atentado”.  Mi cuestionamiento de tal texto  fue publicado (1) sin que esa publicación haya respondido. No repetiré lo que allí dije. Quiero ocuparme aquí de un segundo artículo que retoma, y agrava, esa línea general difamatoria contra Julie Huynh. Su autor, el periodista de investigación Ricardo Puentes Melo, publicó su texto, “La bomba en el Andino tiene el sello de FARC”, el 20 de junio, en la conocida página web Periodismo sin Fronteras, que él dirige.

Estoy en desacuerdo con ese artículo. Este  incluye errores de hecho y de análisis y, sobre todo, emplea un método que todo periodista debe condenar: la presunción de culpabilidad. La ética del periodista exige el respeto del principio contrario, el de la presunción de inocencia de las personas. Si las circunstancias no son claramente establecidas en un evento donde hay víctimas,  como ocurre con la matanza del centro Andino,  los periodistas debemos ser prudentes y no designar, sin disponer de pruebas, a los responsables.

No apruebo el sistema utilizado por el autor de este artículo. “En esa primera fase investigativa, dice él, jamás cabe la ‘presunción de inocencia’. Cualquiera puede ser sospechoso. Nadie debe descartarse por razones de sentimentalismo o simpatía inicial (joven, francesa, bonita, con la mamá, trabajo comunitario)”.

Todos los textos de deontología periodística dicen lo contrario: el periodista informa,  expone los hechos con rigor, de manera exacta y precisa, no es un auxiliar de la policía ni de la justicia.  En materia judicial, relata los hechos pero no señala con el dedo, no dice quién es o no sospechoso, no valora las responsabilidades. El periodista no es un detective. En los asuntos criminales o delincuenciales,  procura no acusar a las personas involucradas pues éstas pueden ser víctimas o actores involuntarios. Sobre todo, el periodista debe  abstenerse de opinar, o de dar informaciones sobre la eventual culpabilidad de una persona antes de que haya una decisión judicial. Eso hace parte de la presunción de inocencia, un principio central en toda democracia. Debe también abstenerse de dar falsas noticias, así otros medios las hayan dado. Debe  indicar sus fuentes de información a menos de que haya un motivo claro para no hacerlo. El periodista no debe atacar la reputación o el honor  de una persona sin darle a ésta el derecho a defenderse. Hasta la policía de los países democráticos respeta la presunción de inocencia.  Solo la policía de los regímenes dictatoriales apela a la presunción de culpabilidad.

Al escribir sobre lo que ocurrió el 17 de junio en Bogotá había que ser prudente, sobre todo sobre la relación de causa-efecto del atentado y de las actuaciones de los actores involucrados. Todo periodista sabe que incluso las cosas más evidentes pueden ser engañosas, sobre todo en materia de terrorismo, pues una parte del acto terrorista consiste en corromper los indicios, obscurecer las pistas para obstruir  la justicia.

En este caso, Ricardo Puentes designó a “la francesa” como la persona que probablemente, dice el, llevó la bomba al centro Andino. ¿Sobre qué base él lanzó esa tesis? Sobre ninguna. El no invoca hechos sino la ocurrencia de tres “circunstancias”:  1.- que Julie Huynh fue la primera persona que murió en el atentado; 2.- que ella había trabajado como cooperante extranjera de una Ong bogotana que puede ser de izquierda y 3.- que ella había hecho un corto viaje a Cuba. 

Ninguna de esas “circunstancias”, ni la sumatoria de éstas, permite lanzar una acusación tan violenta  como la que él lanzó contra una persona fallecida que no puede defenderse. Esa acusación es un error y un horror.

En su artículo hay falsas informaciones, datos no verificados y fuentes no pertinentes. Ricardo Puentes dice haber consultado “tres expertos en terrorismo y explosivos del FBI”. Pero esos anónimos expertos “del FBI” no eran consultables: no estaban en Bogotá ni examinaron la escena del crimen.  Esos “expertos”, tenían, en cambio,  una bola de cristal. Tenían, parece, certitudes sobre el atentado: quien llevó la bomba, quien la manipuló, dónde iba ser colocada. Llegaron a ver que la bomba “no iba a ser activada en el baño”. La persona que llevó la bomba al Andino era, según esos expertos, la desdichada Julie. Sobre los resultados de la explosión y la magnitud de la tragedia se mostraron insatisfechos pues, según ellos, “ese daño no sería efectivo en el lugar donde finalmente se explotó.” ¿Ese daño no fue “efectivo”?  ¿Tres personas muertas no era ya demasiado?

Dos suposiciones más fueron presentadas como hechos: que la bomba era “del tipo usado por ETA”, lo que niegan los primeros indicios recogidos.  La segunda consiste en decir que “el gobierno francés quiere excluir a la joven francesa de cualquier investigación”. ¿Qué fuente ha dicho eso?  Puentes no lo dice. Los servicios franceses no suelen hacer exclusiones a priori,  sobre todo al comienzo de una investigación.

“Hasta que no se demuestre lo contrario, Julie Huynh no puede descartarse como principal sospechosa”, insiste Ricardo. ¿Es consciente él del alcance de esa frase?  Puentes hace de la víctima un rehén a largo plazo, la prisionera póstuma de una investigación penal que puede durar meses o años. El invierte la carga de la prueba. El enfoque debe ser muy distinto: la inocencia de Julie es indiscutible hasta que un juez demuestre lo contrario. Desde ya los restos de la joven, su honor y su memoria deben ser tratados con respeto. Ella es una víctima y no una victimaria.

Lo más detestable de ese artículo es la amalgama que  Ricardo Puentes,  sólo basado en su íntima convicción, emplea para “demostrar” el carácter “sospechoso” de Julia Huynh. El afirma que Julie  Huynh tiene “el perfil de varias sanguinarias terroristas”.  Esas terroristas, en el texto de Puentes, son tres: Lori Berenson, Natalie Mistral y Tanja Nijmeier. Esas personas sí tienen un verdadero pasado y presente criminal que nadie pone en duda. Sin embargo, Ricardo Puentes cree ver en Julia Huynh una especie de clon de esas tres criminales irreductibles por el solo hecho de haber ido al centro Andino,  “un sitio odiado” por los izquierdistas, por haber viajado durante una semana a Cuba,  y por haber ayudado a una Ong  de Bogotá que se ocupa probablemente de ex guerrilleros que tratan de reinsertarse en la sociedad.

Si Puentes quería afirmar que Julie Huynh tiene “el perfil de varias sanguinarias terroristas” él estaba en la obligación de exponer los hechos criminales que ella llegó a cometer en su vida, pues los reproches que él le hace, la teoría de las tres “circunstancias”,  están muy lejos de constituir siquiera una infracción civil.

Es pues inaceptable que Ricardo Puentes, en su afán acusatorio contra la joven despedazada por la bomba en el centro Andino, haya traído a la memoria la historia de tres criminales muy reales.

¿Qué relación puede haber entre Lori Berenson --una terrorista americana que  pasó casi 20 años encarcelada en Perú por haber militado con el movimiento MRTA--, y Julie Huynh? Ninguna. No hay ninguna relación. No hay un solo vínculo, ni directo ni indirecto entre esas dos personas. Sin embargo, Ricardo Puentes creyó que podía  aproximar el nombre de la víctima francesa al trio fatídico --Berenson,  Mistral y  Nijmeier--, y concluir  que Julia Huynh tiene “el perfil de [esas]  sanguinarias terroristas”.

Para completar la indecencia, Ricardo Puentes agregó esta frase: “Al igual que su paisana Julie, para Natalie [Mistral] su lugar predilecto para viajar era Cuba”. Falso: Cuba no era  el “lugar predilecto” de Julie. Ella fue a Cuba una vez y en su corta existencia viajó por una decena de países, incluido Estados Unidos. ¿Cómo una “terrorista”, como la describen PanamPost y Ricardo Puentes, pudo entrar y salir fácilmente de Estados Unidos?

Como los esfuerzos de construcción de monstruos  tienen efectos, muy pronto empezó a correr en la blogósfera otra historia. Esta vez, la acusación contra Julie Huynh dio paso a otra imputación: contra   la señora Nathalie Levrand, madre de la difunta. Alguien, por mala fe o por error, tomó lo que Ricardo Puentes había escrito en su artículo sobre  Lori Berenson y se lo atribuyó, tal cual, a la madre de la estudiante.  El texto que circula dice así: “El prontuario de la mamá de la joven sugiere varias conclusiones. La mamá  había nacido en Nueva York y colaboró con el Movimiento terrorista Tupac Amarú. Era antropóloga y fue reclutada por la izquierda para trabajar con sectores radicales de Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Trabajó haciendo labor de voluntariado social en El Salvador, fue profesora de inglés en poblaciones pobres de Centroamérica. Luego fue enviada a trabajar en Perú. Hizo labores terroristas para el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Su fachada era esa: ser voluntaria y ayudar a la  población pobre. Tener una hija no le impidió  colaborar con el terrorismo. Integró a la hija como parte perfecta de su camuflaje de  trabajadora social.”

Nada de eso es cierto. Pero ese fue el resultado necesario de haber dicho que Julie Huynh tenía “el perfil de varias sanguinarias terroristas”. ¿Puede alguien creer que semejante manipulación contra la madre de la cooperante no era de esperarse tras la frenética agitación hecha en las redes sociales contra la joven francesa?

Si bien es cierto que Ricardo Puentes no escribió esas líneas contra la mamá de Julie, es indiscutible que sí abrió la vía para que otras personas, exaltadas ante la culpabilidad proclamada de la víctima francesa, circularan esa nueva calumnia. Así, lo que había comenzado como una acusación contra la estudiante, pasó enseguida hacia la madre de ésta, otra víctima de la explosión  en el centro Andino. ¿Dónde parará todo eso? Asistimos, en consecuencia, a una verdadera escalada de la infamia.

Al final de su artículo, Ricardo Puentes  da algunos consejos a la policía: “Se debe investigar a las otras víctimas”.  Es decir a las tres mujeres muertas y a las otras personas heridas. El no pide seguir otras pistas, como el testimonio de Richard Emblin, un periodista inglés, sobre la presencia de un hombre en el baño de las mujeres instantes antes de la explosición,  citado por la revista Semana, ni sobre la camioneta blindada de la empresa Prosegur que estaba a la entrada del centro comercial antes del atentado, ni sobre lo que dicen los retratos hablados, ni sobre lo que cuentan otras personas  que estaban cerca del baño de mujeres.

Al final de su artículo Ricardo Puentes escribe: “Nuestras condolencias a las víctimas de la bomba del Centro Andino, incluida la familia de Julie Huynh, aún en el caso de que ella estuviese involucrada”. La burla es apenas perceptible. Pero está allí. Da un pésame insistiendo en que la muerta puede ser culpable. Qué extraña cortesía.  

Me es muy doloroso escribir estas líneas. No reconozco en ese artículo a Ricardo Puentes Melo. El es un periodista  valioso. Ha realizado investigaciones ejemplares. Sus descubrimientos sobre el caso del Palacio de Justicia de Bogotá fueron decisivos para derrotar uno de los mayores errores judiciales del país y para demostrar la inocencia del Coronel (r.) Luis Alfonso Plazas Vega. Ricardo está en el exilio por las persecuciones que ha sufrido a causa de su trabajo periodístico y la independencia de sus editoriales. No tengo el derecho a olvidar eso.

Es tal la presión que existe sobre los periodistas colombianos, sobre todos aquellos que vemos con angustia la destrucción de los equilibrios de Colombia y el avance de las Farc hacia el poder gracias al falso proceso de paz de Santos, que algunos ven actores terroristas en todas partes y encarnados en personas inocentes.

No entiendo cómo Ricardo pudo pensar que acusar sin pruebas a la primera víctima del atentado del 17 de junio podría alertar la opinión y a los investigadores sobre el papel eventual de las Farc o de otros grupos subversivos en esa atrocidad y en la nueva ola terrorista que están sufriendo los bogotanos.  Ricardo Puentes probablemente cayó en el espejismo de la velocidad, de la facilidad que ofrecen los medios sociales, Google, Facebook, Twitter para reunir datos y vehiculizar ideas. Creer que lanzar frases a la carrera, gracias a las aplicaciones digitales y antes que los demás, para lograr un efecto de influencia sobre la opinión, es un error. Los periodistas deberíamos distanciarnos de ese credo y retomar los métodos comprobados y menos espectaculares de nuestro oficio.

Me parece que, como lo exige la deontología de los periodistas, el error cometido por Ricardo Puentes ante las personas de Julie Huynh y Nathalie Levrand, debería ser admitido y rectificado públicamente.

Publicado en Columnistas Nacionales

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